Capítulo X
La yegua herida
El joven cazador de Tari, que ya encabezaba expediciones de caza de la Roca, había herido a una yegua preñada en la fuente del Zancajo y junto a dos jóvenes del poblado la perseguían. El animal, alcanzado en la barriga, dejaba un rastro de sangre y jugos intestinales y acabó por separarse de la caballada, a la que no pudo seguir cuando ésta remontó hacia los llanos en alto. La yegua herida se descolgó por las cuestas buscando el río. En Naguafría los hombres encontraron el venablo que la había herido y que había acabado por desprenderse del costado tras tropezar en arbustos y matorrales, hiriéndola aún más y agrandándole el boquete por el que se le iba la vida. Fue en Naguafría donde el lobo Blanquino sin manada cortó la pista de sangre y él también se puso a seguirla.
La yegua continuó hasta Narejos y desde allí se encaminó recta, la reguera abajo, hasta meterse en los sotos del río, a cubierto en la espesura de árboles y maleza. Los hombres de Tari la siguieron hasta allí e igualmente lo hizo el lobo. El animal acosado abandonó la protección de las arboledas y atravesando un vado se dirigió a las llanas estepas del otro lado de la corriente. Los hombres también cruzaron y prosiguieron la caza, esperanzados en culminarla con éxito.
—Sigue dando sangre.
—Pero el venablo fue muy bajo.
—No la perderemos en la tierra llana.
Le yegua supo también que no la perderían. Pero, en el manadero de los Prados, se revolcó en el fango y el barro tapó el boquete por el que manaba la sangre y deslizándose por su pata trasera izquierda acababa por delatarla, más que su pezuña, en el suelo. La yegua siguió hasta una pequeña loma coronada por un bosquecillo de carrascas y allí, sin pausa alguna, se descolgó girando por la otra falda del morrete y volvió sobre sus mismos pasos. Caminó un trecho por su propia senda y luego, al amparo de la reguera de Valcorredor, cruzándose al otro lado de aquel por el cual la había subido, inmóvil tras las zarzas, aguardó a que los hombres pasaran. Y los hombres, fijos sus ojos en la pista marcada por el animal herido, pasaron de lejos. Avanzaron, seguros de su captura, hacia el bosquete de carrascas que divisaban en lontananza esperanzados de que allí finalmente acabarían por cobrar su presa. Los hombres caminaron hacia allá con prisa, y la yegua con cautela se dirigió de nuevo a emboscarse en los sotos del río. Los hombres pasaron de lejos. Pero el lobo pasó demasiado cerca.
El lobo Blanquino percibió el olor del animal allá donde había estado esperando que los hombres la sobrepasaran. Un poco de sangre volvió a manar de la herida, y el olor era tan intenso que el lobo saltó la reguera casi esperando tropezarse con la yegua al otro lado. Pero, aunque muy reciente su huida, ya no estaba. Su pista sí, y era clara y recta. Volvía al río. El lobo se lanzó tras ella. Y aunque el Blanquino no tenía manada a la que llamar, aulló con su aullido de persecución y de matanza.
Los hombres, que en ese momento llegaban al pie del altozano, volvieron la cabeza sorprendidos. Se miraron unos a otros, pero espoleados por la que creían cercana presa apresuraron aún más el paso e iniciaron la subida. Llegaron arriba, revisaron todo el bosquete, no encontraron nada y finalmente descendieron por el otro lado y siguieron adelante por la estepa en busca de la huella que los volviera a poner en la pista. Fue después, cuando la desolación, al no encontrar señal alguna, se iba apoderando de ellos cuando recordaron el aullido del lobo. Y el joven de Tari fue el primero en comprender su significado y emprender una veloz carrera volviendo sobre sus pasos.
El lobo sin manada había seguido a la yegua hasta el río. Allí no había tardado apenas en localizarla oculta en me dio de la espesura de la ribera. Estaba echada, pero se levantó al sentir aproximarse a la fiera. Resopló al ver al cánido y se revolvió inquieta. Hizo ademán de emprender de nuevo la huida, pero desistió de ello. Sobre todo al comprobar que era un solo lobo el que la acosaba. Cuando éste se aproximo, se encabritó y amenazó con sus cascos. El lobo se aplastó reculando. La yegua permaneció alerta, con bufidos y cortos relinchos, avances y retrocesos, pero no dejó el lugar que había elegido como refugio. Era un pequeño claro, con unos grandes zarzales en su parte posterior que protegían su retaguardia. El lobo prosiguió también su acecho, moviéndose furtivamente, haciendo algún amago de ataque y retirándose con rapidez, enseñando sus caninos y regruñendo sordamente.
La maniobra se repitió incontables veces. El lobo se aproximaba, la yegua se iba hacia él rebrincando y piafando y el lobo se escamoteaba para evitar sus embestidas. Al poco volvía a aparecer y la escena se repetía. El lobo sabía que no podía acometer con éxito a un animal tan grande y poderoso, pero esperaba algo, olía la sangre, confiaba en que su presa acabaría por agotarse y derrumbarse. El lobo Blanquino sin manada tenía hambre, y allí había mucha carne a su alcance. La yegua se sentía cada vez más débil, pero no quería huir y menos salir a campo abierto. El lobo no tenía compañeros que pudieran preocuparla por su número. Deseaba acabar con él, alcanzarlo con sus cascos y expulsarlo, pero nunca lograba tropezarlo, siempre se escurría y siempre regresaba.
Las sombras de los árboles eran ya muy alargadas y la luz del sol caía sesgada sobre los álamos y alisios cuando los hombres llegaron. Tras alcanzar el río a la carrera habían tardado un cierto tiempo en encontrar la pista y luego un poco más todavía en dar con el lugar donde el lobo retenía al animal herido. Casi pasaron de largo, aunque en esta ocasión los gruñidos del lobo y el patear de la yegua delataron su ubicación. El lobo fue el primero en sentirlos. Se inmovilizó primero, pero al ver que la yegua también presentía algo y aguzaba las orejas, realizó un nuevo acercamiento que una vez más la hizo arremeter intentando alcanzarle con sus cascos delanteros y tras el ataque infructuoso regresar a acularse en el fondo del claro, sobre el gran zarzal. Los hombres para entonces habían comprendido la situación y el joven de Tari ordenado silencio a sus compañeros. La yegua no debía huir. Los lobos la tenían cercada, pensó. Debían alancearla allí, emboscados en la maleza, y arrebatársela. Habían hecho la caza para ello. Prepararon las azagayas y se acercaron por los costados. El muchacho de Tari vio en aquel momento que sólo un lobo tapaba la salida del animal herido y se apresuró a reforzar aquel lado. La yegua podía romper por allí. De hecho, eso es lo que estaba a punto de hacer el equino, que ahora ya había olido la presencia de los humanos. Iba a lanzarse al galope, pues sabía que contra ellos era su única defensa, cuando el lobo, que estaba a punto también de retirarse ante la presencia del animal erguido, lanzó un último ataque, éste más decidido, como buscando los ijares del caballo. La yegua retrocedió de costado ante la embestida, encabritándose con sus cascos en el aire. Y el joven de Tari aprovechó para lanzar, esta vez preciso y mortal, su venablo, que se clavó profundamente en el costillar de su víctima. La herida sí era letal, la lanza había llegado al pulmón y la sangre no tardó en brotar por los belfos de la yegua, pero ésta no iba a rendirse ni caer tan fácilmente. Hubieron de clavarle varias más, hasta que una, asestada en la tabla del cuello, la hizo derrumbarse. El joven de Tari y sus compañeros prorrumpieron en alaridos. Pero no se abalanzaron de inmediato a rematar al animal agonizante. Hacerlo era exponerse a una herida inútil. Una coz podía destrozarles las costillas o quebrarles una pierna como se chasca una caña seca. Ya no escaparía. La rodearon mientras se convulsionaba presa de estertores, con un pataleo espasmódico de sus extremidades traseras, y contemplaron cómo el gran ojo de la bestia iba quedándose fijo, hasta que con un último resuello y con una bocanada de sangre postrera, el animal quedó inmóvil. Entonces sí se acercaron y lo primero que hicieron fue buscar con un cuchillo la arteria en su cuello y beber su sangre, que hicieron brotar a borbotones.
Mientras, el lobo, prudente, se había retirado y permanecía oculto entre la maleza. El joven de Tari lo buscó con la mirada y un venablo presto, pero al no verlo pensó que se había marchado. Luego no se preocupó más. Era aquel lobo Blanquino que alguna vez en estos últimos tiempos había visto cazando solo.
Ahora tenían cosas urgentes que hacer. La primera cortar toda la carne del animal que pudieran y ponerla a buen recaudo. Se llevarían tan sólo la que fueran capaces de cargar entre los tres. Además, estaba atardeciendo y debían de darse prisa. El olor de la matanza traería pronto comensales al festín y alguno podría ser mucho más peligroso que el lobo. Así que apresuraron su trabajo, cortaron lo que pudieron sin detenerse a desollar por completo y, tras abrir al animal y vaciarle el gran paquete intestinal y arrojar todos los menudos, escogieron las mejores partes y trabajaron con rapidez con sus cuchillos y hachas hasta lograr hacerse cada uno con una buena provisión de carne. Para su propio festín nocturno separaron algunas vísceras apetecibles, como el corazón y los hígados, así como una tira del lomo que asarían al fuego.
Mientras dos completaban esa tarea, un tercero preparaba en un pequeño promontorio cercano, donde afloraban unas rocas, la hoguera y un improvisado parapeto con algunos arbustos espinosos. Sería su campamento aquella noche, pues no podían, y menos con la carne sanguinolenta en las espaldas, ponerse en marcha hasta el lejano poblado de la Roca. Era mejor esperar al día. Pero prudentemente se alejaron un buen trecho de los restos de su presa, que no tardarían en atraer a otros carnívoros. Hasta su refugio fueron transportando la carne, y ya con las sombras señoreándose del soto, el joven de Tari hizo un último viaje al cadáver de la yegua. Fue cuando vio de nuevo al lobo. El hombre iba a recoger un fardo que había dejado preparado y el lobo había salido de su escondrijo y comía en la canal del animal. Vio venir al humano, retrajo los belfos y enseñó los caninos. Pero no se retiró de la presa. El joven de Tari llevaba un venablo en la mano, pero, aunque pareció hacer un ademán de blandirlo, no llegó siquiera a iniciarlo. Con paso quedo se dirigió al fardo, lo recogió, lo cargó a su espalda y sin perder de vista al lobo, que tampoco despegaba ni un momento de él la mirada, se fue retirando del claro.
—El lobo Blanquino está comiendo en el caballo —les dijo a los otros—. Que coma hasta saciarse, porque por él hemos matado a la yegua.
Los hombres hicieron el fuego. Una gran hoguera iluminó no sólo el pequeño promontorio, sino que alejó las sombras un buen trecho más allá. Por ellas pasaron quedamente los animales que comen carne hacia el cadáver del caballo muerto. No apareció ningún león y sí lo hizo el leopardo, quien llegó y partió furtivamente. Las hienas se hicieron dueñas al fin de la osamenta y expulsaron a los chacales. ¿Y el lobo?
El lobo Blanquino llegó al borde de la sombra, a la raya misma de ésta con la luz del fuego, y allí agazapado contempló a los hombres sentados alrededor de la hoguera. Los observó mientras asaban la carne ensartada en unos largos palos o puesta sobre unas lascas de piedra sobre las rojas brasas. Olía el humo, a la carne socarrándose y olía al hombre. Todo aquello era olor a hombre. Y oía la voz del hombre y la risa del hombre. Oía la voz del joven de Tari. Él conocía a aquel hombre. Lo conocía desde niño. Conocía su olor desde cachorro. Y reconocía su voz entre las voces de los otros hombres.
—Ese lobo Blanquino es quien nos ha cazado la yegua. Sin él la hubiéramos perdido. Nos ha traído hasta ella y la ha sujetado hasta que hemos llegado.
—El lobo olió su herida. Nosotros habíamos hecho esa sangre.
—El lobo no hubiera podido matarla. La herida es de las que hubiera tardado muchos días en hacerla morir. Hasta que se le hubiera podrido no hubiera muerto y otras manadas la habrían encontrado.
—Hubiéramos perdido su sangre y su carne. El lobo y nosotros. Y ahora todos la hemos tenido. El lobo nos ha guiado. El lobo es un gran cazador. A él no lo despistan sus presas, a él no lo engañan como a nosotros. El lobo huele y oye lo que nosotros no olemos ni oímos. No hay cazador como el lobo.
—El leopardo y el león son más poderosos y la hiena lo hace huir.
—Pero el lobo caza en manada, el lobo sabe cazar como ninguno y empujar a su presa hacia otros lobos emboscados. Todos lo habéis visto. Los lobos del Tallar pasan en invierno menos hambre que los cazadores de Tari.
—Pero el Blanquino no caza con ellos. Lo han echado. Caza solo.
—Hoy nosotros hemos sido su manada. El lobo Blanquino ha cazado hoy con los hombres de Tari y compartido su presa.
La voz del joven llegaba nítida a los oídos del lobo, saciado y somnoliento. Luego, más tarde, tras haber ellos también devorado su comida, los vio echarse a descansar no sin antes haber alimentado de nuevo el fuego. El lobo vio todavía cómo el joven de Tari se quedaba aún un largo rato mirando fijamente a la llamas hasta que también él se recostó para dormir. El lobo durmió en su refugio, allí en el borde mismo donde casi llegaba la luz de la hoguera.
Al amanecer los hombres despertaron, cargaron sus fardos y con prontitud se dirigieron hacia el poblado. Les quedaba un largo camino, pero iban alegres. En algún momento, al joven de Tari, al volver la vista hacia atrás, le pareció ver la silueta de un lobo que se escamoteaba ocultándose furtivamente en una arboleda.
Luna de invierno
La luna entera estaba ya alta en el cielo antes de que el sol se pusiera. El día había estado cubierto de nubes y empapado de lluvias. Pero ahora, al caer la tarde, un viento fuerte las había desparramado, y por poniente, el sol se recreaba en sacarle brillos a las últimas, y hacer emerger llamaradas de oro y de naranja, en contraste con el vivísimo y lavado azul de un retazo de cielo puesto allí tan sólo para que los robles y las encinas de la costera pudieran contrastar mejor sus siluetas en el horizonte.
El bosque rezumaba humedad y los más diversos verdores competían en los pinos, los enebros, las sabinas y los romeros por ofrecer el mejor de los reflejos a la luz efímera de la atardecida. Y la luna llena quiso asomarse a verlo antes de que anocheciera. Luego se pasó, aliada con el viento, toda la noche jugando al escondite tras las nubes que volvieron.
Cuando lograba escapar de ellas, iluminaba la tierra. Una claridad traslúcida traspasaba la noche y la vista se extendía fascinada no sólo por el espacio cercano, sino por vaguadas y valles hasta el horizonte lejano de la sierra. Un aliento blanquecino y lechoso parecía envolver la atmósfera, y un pálido resplandor sobrecogía y emocionaba los sentidos.
La magia de la luna llena inundó anoche el firmamento limpio, que destilaba el hielo por las puntas de sus estrellas y lo hacía descender sobre las tierras por un aire transparente. Era una luna poderosa y fría, inmensamente fría en sus resplandores, que no calienta las tierras, ni descubre sus colores, que ilumina solamente sus sombras, pero en la que los ojos, que se quedan suspendidos y admirados, recorren todo lo que les rodea descubriendo que la noche iluminada es aún más hermosa que el día.